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martes, 3 de marzo de 2015

Pipo, el bueno



Cuando las puertas del furgón se cerraron, Pipo sintió algo así como una caída interior, una tristeza súbita y definitiva. Aquel quebranto le venía del estómago, que es donde los perros sienten primero las desgracias, por eso, cuando vio alejarse la imagen de su dueña a través del cristal sucio del portón, supo que nunca la volvería a ver y que todo lo más tendría que conformarse con su recuerdo. Quizá por eso se tumbó, cerró los ojos  y dejó que los baches de la carretera le ganaran algo parecido al sueño: el duermevela en el que los perros dejan correr el tiempo cuando éste ya es inútil.