Cuando las puertas del furgón se cerraron, Pipo
sintió algo así como una caída interior, una tristeza súbita y definitiva.
Aquel quebranto le venía del estómago, que es donde los perros sienten primero
las desgracias, por eso, cuando vio alejarse la imagen de su dueña a través del
cristal sucio del portón, supo que nunca la volvería a ver y que todo lo más
tendría que conformarse con su recuerdo. Quizá por eso se tumbó, cerró los
ojos y dejó que los baches de la
carretera le ganaran algo parecido al sueño: el duermevela en el que los perros
dejan correr el tiempo cuando éste ya es inútil.
En la caza hay " estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos" El Quijote (Capítulo XXXIII)
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martes, 3 de marzo de 2015
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