martes, 6 de enero de 2015

La navaja

La navaja es un cuchillo plegable que sabe esconder su filo como un as en la manga. Acompaña al hombre de campo  y le asiste a la hora de comer o a la de afilar un palo con el que arrimar una chuleta a la lumbre. La línea curva o recta de su filo ha escrito muchos renglones de nuestra vida campera. Con ella pelamos una naranja, aviamos un conejo o desollamos un jabalí, tal es su versatilidad. 
 

Muchos cazadores tienen en su navaja un amuleto y exhiben su vieja cabritera como un trofeo más. La abren con orgullo, lentamente, con el secreto afán de que los demás reconozcan la veteranía de su dueño en su hoja gastada, en sus cachas desportilladas.  La navaja guarda muchas historias, sólo hay que abrirla en el monte, cortar un poco de pan o un tomate, perder la mirada,  ponerse a recordar.

La bala




La bala es velocidad dormida y enfundada en plomo. Acompaña inseparablemente al montero como un perro de metal. Su vida es un letargo al que la pólvora pone fin. En la bala todo se conjuga para hacer volar al plomo en un vuelo rectilíneo que sólo la distancia y el viento curva.


La bala normalmente hace muchos kilómetros con nosotros. Su momento puede tardar años en llegar, pero está ahí, esperándola como un amante fiel. Su llegada – la del instante que la justifica - suele ir precedida de una ladra, de una rama que se quiebra al pasar, del vuelo de un arrendajo. Entonces la bala despierta para forjar un lance indeleble o para hacerse un hueco en el baúl insomne donde el cazador guarda sus errores. Todo depende de la caricia más o menos oportuna del dedo índice sobre el gatillo.

La bota



Como la falsa moneda, de mano en mano va y ninguno se la queda. La bota es cuero preñado de vino, una ubre de leche roja que el montero alza en sus manos como un trofeo para una sed ganada en la mancha. 
  
En el campo, el vino sabe mejor en bota, a ver quién niega esta incontestable verdad. Será que en el monte el pan sabe más a pan y el vino a vino ¿quién inventó la máquina de cortar jamón? 


Beber en bota no es llenar el buche de vino, bajar la bota y luego tragar. Eso es faltarle el respeto a la bota. Para beber de ella hay que ponerle cierto arte, tragar sin  dejar de respirar y sin apurarse, mirando hacia arriba, a esa fuente de cuero que se afloja lentamente entre nuestras manos.  Es normal que los primerizos se añusguen al primer trago; beber de ella exige  oficio, temple, distancia. Algo muy parecido ocurre en la caza. 

Texto publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca “Segontia” (www.segontia.es)  

El chorizo



Os dejo el primero de una serie de textos cortos que escribí para la revista de la Sociedad de Caza y Pesca “Segontia” (www.segontia.es) dedicados a varios elementos imprescindibles en toda montería 

 Con su vestido ceñido, una silueta turgente y su cuerpo más o menos macizo, el chorizo nos cautiva  con su alma de pimentón y  su sabor a bocadillo escolar. El cuchillo, el fuego, o el agua hirviente de un  puchero son su destino último. Al amor del pan, nos acompañó en nuestras primeras jornadas de caza y nos ha seguido fiel, temporada a temporada; y así seguirá – Dios mediante- hasta que el colesterol nos saque la tarjeta roja.


Mucho antes que el plástico, que el papel de plata, que los envases al vacío, el hombre hizo de la tripa del cerdo el envase perfecto para el chorizo, pues se podía comer en una deliciosa confusión de continente y contenido.  A día de hoy, no conozco ningún cazador que no le tenga arrimo y ninguna montería en la que no se cuele; que todavía están por inventar las monterías vegetarianas.



El unicornio azul



Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
y puede parecer
acaso una obsesión,
pero no tengo más
que un unicornio azul
y aunque tuviera dos
yo sólo quiero aquel.  

(Silvio Rodríguez)



Confieso que sentí cierta vergüenza cuando me enteré que aquel tío lejano, a quien apenas conocí en vida, me había dejado, al morir, su rifle de caza. Era cierto que yo era el único sobrino al que le tiraba el monte, pero mi experiencia con la caza tampoco iba mucho más allá de los cerros y de los rastrojos cercanos a mi pueblo, detrás de las perdices o de los conejos, con la vieja escopeta de perrillos de mi abuelo, que también había heredado, como un testigo en el relevo de las generaciones.

El factor humano (15 de noviembre de 2014)

Le plagio el título a la novela de Graham Greene para traer a este diario un tema al que no le damos la importancia que merece: la concentración en la caza. Todos hemos visto a Rafa Nadal fallando bolas fáciles, cediendo juegos tras encadenar una serie absurda de fallos y luego, en el pequeño descanso entre juego y juego, comerse un plátano, echar un trago de agua, perder la mirada en un ejercicio de introspección  y salir a la pista y remontar el partido. Él mismo lo dice: “Cuando el partido es difícil tengo que poner doble de ilusión y doble de pasión”.   

lunes, 5 de enero de 2015

Errores (9 de noviembre de 2014)

El domingo cacé con la sola compañía de mis perras y volví a disfrutar de lo lindo. En esta ocasión, más que la crónica de los lances, me gustaría compartir con vosotros un par de reflexiones sobre dos tipos errores que suelen ser frecuentes en la caza: los errores de los conejos y los errores del hombre.
En ocasiones, los conejos muestran comportamientos de una astucia increíble, normalmente se trata de conejos viejos y perreados que han sobrevivido a mil batallas y que saben jugársela a perros y a cazadores añosos con mucho callo en esto de la caza; sin embargo, en otros momentos, los conejos, supongo que más por falta de experiencia vital que un fallo en su atávico instinto de supervivencia, cometen errores de bulto que les suelen costar la vida.