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martes, 6 de enero de 2015

Res del alma mía (versos plagiados VII)

Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca "Segontia"


Que José Zorrilla me perdone...

Ah¡ ¿No es cierto, buen cazador,   
que en este apartado monte
el aire puro no se esconde
y se respira mejor?

Volverán las oscuras cochinas (versos plagiados VI)

Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca "Segontia"


Que Bécquer me perdone...


Volverán las oscuras cochinas
en el monte sus vientres a preñar
Y, otra vez, al amor de los jarales
los rayones nacerán.

La caza es sueño (versos plagiados V¨)


Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca "Segontia"




Que Calderón de la Barca me perdone....

Sueña el cazador en el puesto
un imaginario y venturoso lance,
disparando casi en trance
y dando el acierto por supuesto;
le adivina la querencia a la res, 
detrás, puro atropello de rehala,
impaciente, espera la bala
¿Quién hay que renuncie a soñar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte? 


Ándeme yo caliente (versos plagiados IV)

Publicado en la revista de la sociedad de Caza y Pesca "Segontia"



Que Luis de Góngora me perdone...

Ándeme yo caliente 
y ríase la gente.

Estar en el gobierno
de la mancha y las jaurías,
sentir latir la montería
espanta  todo  averno.
Y las mañanas de invierno
vino y miga caliente.
Y ríase la gente.

Cantares (Versos plagiados III)

Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca de "Segontia"


 Que Antonio Machado me perdone...

 Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es cazar,
cazar corzos y cochinos,
y venados en el espesar.


A una nariz (Versos plagiados II)

Publicado en la Revista de la Sociedad de Caza y Pesca "Segontia"



 Que Quevedo me perdone....


Érase una perra a una nariz pegada
Érase una nariz superlativa
Érase una nariz para perdiz esquiva
Érase para cochina mal encarada.

Con diez rehalas por mancha (versos plagiados I)

 Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca de Segontia.
  
 Espero que José de Espronceda sepa perdonarme...

Con diez rehalas por mancha
viento en suelta, a toda vela
no trotan el monte sino vuelan
diez podencos y un mastín.

Los zahones

Publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca "Segontia"


A veces el monte es mucho monte, impone su ley de espesura inextricable, se hace arisco al hombre y alza su escudo vegetal como una membrana que es preciso romper para poder avanzar. Cuando no hay tiempo para andarse con rodeos, hay que abrirse paso, romper el ramaje como lo hacen los jabalíes en fuga. No hay alternativa si lo que queremos es cazar, avanzar con los perros en la espesura de la mancha, echarle un pulso a la sierra, llegar al agarre.  Los zahones son el escudo protector, la piel inventada que viste las piernas indefensas del hombre de monte. En la muerte a cuchillo, su cuero tiznado por las jaras - o manchado de sangre – siempre es testigo de cargo.

La caracola



Increíblemente, algo tan ajeno a la aspereza de la sierra, al fragor de las ladras, como la concha de un caracol marino, se ha convertido en un elemento irreemplazable en la iconografía de una montería.


Las formas del mar la hicieron cuerno para que el hombre, convertido en el macho alfa de la manada, llamara a sus perros, los convocara junto a él.  Su sonido es profundo, vibrante, primario, antiguo, puro. Sobrecoge la primera vez que se escucha porque uno siente la certidumbre de que ese mismo idéntico sonido ha atravesado la historia desde sus primeros pasos hasta llegar a la montería de hoy, donde el hombre sigue urdiendo estrategias para dar caza a sus presas, tal y como lo hacía miles de años atrás, cuando la voz marina de las caracolas también se entreveraba con el silencio y los sonidos propios del monte.

El rifle



El rifle es la evolución lógica de la lanza, su forma del siglo XXI, una lanza que alcanza distancias kilométricas con una precisión que sólo el viento o el pulso del montero contrarían. Su punta ha ganado en velocidad lo que ha perdido en tamaño; se ha convertido en un pequeño trozo de plomo que ya no necesita de filos –  por la velocidad de su vuelo-  y que tiene un solo uso.


 De sus formas, calibres y variantes mecánicas ya está escrito casi todo. El montero suele ser caprichoso y con tal de afinar su puntería rinde pleitesía a una miríada de calibres, grains y pólvoras. Tan es así, que muchos monteros guardan en sus armeros los rifles como si fueran pequeños dioses de madera y metal, hasta convertirlos en secreto objeto de un culto cinegético y politeísta.

La navaja

La navaja es un cuchillo plegable que sabe esconder su filo como un as en la manga. Acompaña al hombre de campo  y le asiste a la hora de comer o a la de afilar un palo con el que arrimar una chuleta a la lumbre. La línea curva o recta de su filo ha escrito muchos renglones de nuestra vida campera. Con ella pelamos una naranja, aviamos un conejo o desollamos un jabalí, tal es su versatilidad. 
 

Muchos cazadores tienen en su navaja un amuleto y exhiben su vieja cabritera como un trofeo más. La abren con orgullo, lentamente, con el secreto afán de que los demás reconozcan la veteranía de su dueño en su hoja gastada, en sus cachas desportilladas.  La navaja guarda muchas historias, sólo hay que abrirla en el monte, cortar un poco de pan o un tomate, perder la mirada,  ponerse a recordar.

La bala




La bala es velocidad dormida y enfundada en plomo. Acompaña inseparablemente al montero como un perro de metal. Su vida es un letargo al que la pólvora pone fin. En la bala todo se conjuga para hacer volar al plomo en un vuelo rectilíneo que sólo la distancia y el viento curva.


La bala normalmente hace muchos kilómetros con nosotros. Su momento puede tardar años en llegar, pero está ahí, esperándola como un amante fiel. Su llegada – la del instante que la justifica - suele ir precedida de una ladra, de una rama que se quiebra al pasar, del vuelo de un arrendajo. Entonces la bala despierta para forjar un lance indeleble o para hacerse un hueco en el baúl insomne donde el cazador guarda sus errores. Todo depende de la caricia más o menos oportuna del dedo índice sobre el gatillo.

La bota



Como la falsa moneda, de mano en mano va y ninguno se la queda. La bota es cuero preñado de vino, una ubre de leche roja que el montero alza en sus manos como un trofeo para una sed ganada en la mancha. 
  
En el campo, el vino sabe mejor en bota, a ver quién niega esta incontestable verdad. Será que en el monte el pan sabe más a pan y el vino a vino ¿quién inventó la máquina de cortar jamón? 


Beber en bota no es llenar el buche de vino, bajar la bota y luego tragar. Eso es faltarle el respeto a la bota. Para beber de ella hay que ponerle cierto arte, tragar sin  dejar de respirar y sin apurarse, mirando hacia arriba, a esa fuente de cuero que se afloja lentamente entre nuestras manos.  Es normal que los primerizos se añusguen al primer trago; beber de ella exige  oficio, temple, distancia. Algo muy parecido ocurre en la caza. 

Texto publicado en la revista de la Sociedad de Caza y Pesca “Segontia” (www.segontia.es)  

El chorizo



Os dejo el primero de una serie de textos cortos que escribí para la revista de la Sociedad de Caza y Pesca “Segontia” (www.segontia.es) dedicados a varios elementos imprescindibles en toda montería 

 Con su vestido ceñido, una silueta turgente y su cuerpo más o menos macizo, el chorizo nos cautiva  con su alma de pimentón y  su sabor a bocadillo escolar. El cuchillo, el fuego, o el agua hirviente de un  puchero son su destino último. Al amor del pan, nos acompañó en nuestras primeras jornadas de caza y nos ha seguido fiel, temporada a temporada; y así seguirá – Dios mediante- hasta que el colesterol nos saque la tarjeta roja.


Mucho antes que el plástico, que el papel de plata, que los envases al vacío, el hombre hizo de la tripa del cerdo el envase perfecto para el chorizo, pues se podía comer en una deliciosa confusión de continente y contenido.  A día de hoy, no conozco ningún cazador que no le tenga arrimo y ninguna montería en la que no se cuele; que todavía están por inventar las monterías vegetarianas.